UNA VISITA AL VOLCÁN DE COLIMA*
por Albert S. Evans
(Traducción de Carlos A. Salgado)
Una vasta extensión de centelleante mar zafiro; cabos abruptos y rocosos marcando la estrecha entrada al magnífico puerto cerrado; a diestra y siniestra, litorales delineados con palmeras; al fondo, cielo azul profundo y sol ardiente sobre un océano de suntuosa vegetación verdísima; y coronándolo todo, al lejano noreste, una colosal montaña cónica, monarca de toda la costa, con blanco pálido como remate, y ligero vapor grisáceo girando sobre su cima.
Este, en resumen, es el paisaje que desde la cubierta del vapor nos da la bienvenida por la mañana, mientras nos deslizamos rápidamente hacia tierra. El mar es el Mar de Cortés de los antiguos navegantes españoles, o la boca del Golfo de California, como lo conocemos hoy día. El puerto es el de Manzanillo; los litorales delineados con palmeras y los cabos, gloriosos con sus primaveras multicolores y un millar de flores sin nombre, son parte del estado de Colima, en el occidente de México. El sol y el cielo son los de los trópicos; y la altísima montaña es el gran Volcán de Colima, en cuyas profundas cavernas el demonio de la destrucción y la desolación ha dormido durante cientos de años, pero que ahora retorna entusiasta a la actividad y a la vida violenta.
Nuestro querido vapor pasa velozmente entre los cabos, el gran cañón en la cubierta frontal arrojando un estruendoso aviso de su llegada; el volcán se hunde lentamente en el océano de verdor y desaparece de nuestra vista; nuestra ancla salpica al bajar; el vapor se balancea frente a un pueblo disperso y pintoresco; estamos en Manzanillo.
Mientras los pasajeros que están de paso compran naranjas, plátanos, conchas, etc., etc., a los lancheros, quienes como enjambre rodean rápidamente al buque para colectar su cosecha mensual, nosotros, que vamos al gran volcán, tomamos nuestros asientos en el bote de la aduana, y pronto estamos en suelo mexicano.
Manzanillo es en el mejor de los casos un sitio insalubre, y no nos preocupamos por permanecer en él una hora más de lo estrictamente necesario.
“No pueden hacer nada sin un mozo”
“Y un mozo es-”
“Un sirviente que actuará de mayordomo, milusos, representante y, de hecho, se hará cargo de que todo se lleve a cabo. Por ocho dólares al mes, él comprará todo para ti, logrando una pequeña ganancia por cada artículo que pase por sus manos; se ocupará de todos tus asuntos; te ahorrará un montón de problemas, y no permitirá que alguien más te engañe.”
Contratamos a uno que proviene de una familia respetable y está bien recomendado. José María es su nombre. Es un tipo listo y buen sirviente -de entre los sirvientes en México. Caballos -un poco más grandes que ponis Shetland, flacos, mal comidos, y sin herraduras, con apariencia de ser apenas capaces de llevar el peso de las grandes sillas españolas- son enseguida rentados y preparados para el viaje.
“¡José María!”
“Sí, señor, a su orden.”
“¿Qué tan pronto podremos salir?”
“Pronto, pronto, señor.”
Bien podemos tomar los caballos e ir por el arenoso sendero de herradura a través de los bosques hasta el final de la Laguna de Cuyutlán, y de ahí por la nueva carretera a Colima, o bien alquilar un bote que nos lleve 30 millas laguna arriba, y mandar a cargo de José María nuestros caballos por el sendero, para encontrarnos en el embarcadero. El sol está fuerte en la Tierra Caliente, incluso ahora a mitad del invierno, y concluimos, considerándolo todo, ir laguna arriba en bote. Un desayuno de carne con chile -carne de res y pimiento-, el delicioso chocolate de Colima -¡qué pena es que los cocineros americanos y europeos no tengan idea de cómo preparar adecuadamente el chocolate para la mesa!-, tortillas de maíz -panqueques delgados de maíz descascarado molido-; frijoles -pequeños frijoles colorados o morados, cocinados hasta estar muy blandos, y en verdad un platillo delicioso para un hombre hambriento-; pollo, y un omelet muy decente, todo por cincuenta centavos por cabeza -y nos han cobrado el doble, al ser extranjeros. Terminado el desayuno, estamos impacientes por partir. Ya es la 1 p.m.
“¡José María!”
“Sí, señor, a su orden.”
“¿Estás listo?”
“Pronto, pronto, señor.”
“¡Juan de Dios!”
“Sí, señor, a su orden.”
“¿Estás listo con el bote?”
“Pronto, pronto, señor.”
A las 2 p.m. el capitán de buque, Juan de Dios, reúne a sus remadores vestidos con taparrabos, y llevan nuestro escaso equipaje, a través de la angosta sierrita tras el pueblo, hasta el bote en la laguna, el cual se está vaciando y poniendo a punto para el viaje. Cuarenta y nueve pequeñas demoras, y a las 3 p.m. estamos casi listos.
Juan de Dios se acerca, sombrero en mano.
“Sus excelencias, yo soy un hombre muy pobre, y los tiempos son difíciles y el trabajo escaso. ¿Podrían hacer un favor a su humilde servidor con un adelanto de dos dólares para comprar algunas pequeñas provisiones para el viaje?”
Podemos y lo hacemos. Él regresa a la hilera de chozas de techo de carrizo en las afueras del pueblo, y no lo vemos más en una hora. En ese lapso llega José María, con una joven mujer nativa bastante bonita, de ojos negros destellantes, lustroso cabello negro azulado, una camisa blanca de algodón, que medio esconde, medio enseña los generosos encantos de su persona, y una falda de manta de llamativos colores. Ella trae consigo una botella de licor incoloro, etiquetada “Mescal Doble Refinado”, y una docena de manojos de verdaderamente buenos cigarritos Orizaba, los cuales quiere que nosotros, los extranjeros distinguidos, aceptemos como muestra de su reconocimiento a nuestra virtud y prueba de su amistad. Por supuesto no podemos robar a la pobre muchacha tomándolos por nada. ¿Pudiera ella aceptar un insignificante dólar como muestra de nuestra estima, amistad, etc., etc.? Lo hará.
¡La nada mañosa hija de la tierra de la palma y el maguey no ha perdido nada en la transacción! Ahora sabemos que el mescal costaba sólo doce centavos y medio, y los cigarritos tres centavos por manojo, o un total de cincuenta centavos.
“¡José María!”
“Sí, señor, a su orden.”
“¿Ya estás casi listo?”
“Pronto, pronto, señor.”
Ya son las 4.30 p.m. Descubrimos que no nos hemos hecho de nada para la comida y el desayuno, los cuales requeriremos antes de encontrar una fonda. En media hora más José María consigue un par de botellas de tinto, algunos huevos, pan, sardinas, etc., etc. Luego los huevos deben hervirse. Por fin están listos y en el bote. Luego José María quisiera un avance de dos dólares y cincuenta centavos; con el fin de lucir como un digno representante de nuestras distinguidas excelencias, se ha visto obligado a comprar un nuevo par de pantalones de cuero y una nueva camisa de manta. Obtiene el dinero, y a las 6 p.m. monta a su caballo, pone a los otros dos por delante, y arranca con un sonoro “¡Ah-ha-ha-ha-ha-ha-ha-ha-ha! ¡Vamos!” y un salvaje tintineo de espuelas y vibrar de machetes, y rápidamente se pierde de vista en el chaparral.
Juan de Dios, sombrero en mano, anuncia que todo está listo, y subimos al bote y nos vamos; con toda la gente del barrio saliendo a decirnos adiós; al tiempo que el sol, llenando todo el cielo de dorado y carmesí, carmín, púrpura, y bermellón, colores que uno nunca ve en el cielo de climas más fríos, desciende a su lecho en el océano occidental. Nuestra travesía en el bote duró toda la noche, y fue más bien tediosa. Al otro lado de la laguna, al cual llegamos al romper el día, encontramos a José María esperando con nuestros caballos. Montamos, y cabalgamos todo el día a través de terreno pintoresco, casi deshabitado.
Justo cuando el sol se está poniendo en el oeste, salimos a un amplio camino alguna vez hermosamente enlosado con bloques de lava, pero ahora deshecho, y en algunos lugares casi intransitable, y vemos a la distancia ante nosotros los techos rojos y las paredes blancas de la vieja ciudad de Colima, la gema del México tropical, rodeada de naranjales y altísimas palmas de coco. La escena es encantadoramente bella, y se torna más adorable conforme nos acercamos a la ciudad, y la luz dorada del día da paso a la sombra púrpura del ocaso. Cabalgamos a galope a través de suburbios medio en ruinas y calles estrechas flanqueadas con jardines llenos de todas las frutas preciosas y flores brillantes de los trópicos; pasamos la plaza, ahora decorada con palmas y coronas de flores al estarse celebrando alguna fiesta religiosa, y la cárcel, donde los tambores redoblan y los viejos clarines tocan el llamado al desfile nocturno de las tropas piel-morenas y blanco-uniformadas de la república que hacen guardia allí. Al fin nos apeamos bajo el portal frente al consulado americano, sobre el cual ondean las barras y las estrellas. La cabalgata de todo el día ha terminado. Nuestras cartas de presentación al cónsul, Dr. Augustus Morrill, nos aseguran una cordial bienvenida, y se nos hace sentir como en casa esa noche bajo su techo hospitalario, pasando una grata velada en compañía de su amable familia.
Colima es pintoresca y curiosa, antigua y de lleno morisca como Sevilla o Granada. Con la primera luz del día subimos a la azotea y contemplamos la ciudad y sus alrededores. No hay nada que ver que luzca siquiera un poco familiar a nuestros ojos. Las calles están llenas de hombres y mujeres yendo o regresando de los mercados, pero no se ve un solo carro u otro vehículo de ruedas. Pequeños burros, cubiertos hasta las puntas de sus narices y los extremos de sus colas con forraje de maíz, trotan en grupos de seis, bajo el mando de un tipo enorme y moreno con sombrero de ala ancha, pantalones blancos holgados, y pesado sarape, montado a sus anchas en el último de la fila, soltando golpes con un garrote, y sermones que suenan casi como blasfemias, a un lado y otro, con imparcial soltura. Otros cargan cántaros de barro rojo, dos en cada lado, colgados de un armazón de madera; y otros más, enormes cantidades de vegetales y frutas en cestas de mimbre. Las casas son casi todas de una sola planta, y techadas con tejas de barro rojo, del diseño llevado por los moros a España siglos y siglos atrás. Unas pocas de las mejores casas, destinadas al comercio, son más altas, y una frente a la plaza tiene como fachada un largo portal con arcos, bajo el cual muchos pequeños comerciantes hombres y mujeres despliegan sus mercancías, y es un ejemplar tan perfecto del más puro estilo arquitectónico morisco como puede ser encontrado en la tierra. Un río flanqueado con ruinas, resultado de batallas e inundaciones, bordea la ciudad por un lado, y hacia el otro miramos más allá de exuberantes palmas y verdísimos platanares y contemplamos el gran volcán, levantando sus cerca de catorce mil pies al cielo azul, encarnación de majestuosidad y belleza, encantador y sin rival, el monarca indiscutible de un vasto y glorioso reino. Volutas de humo se elevan en rededor del pico principal, que desde este lado parece un cono perfecto, y por un largo trecho de sus laderas púrpuras se extienden campos opacos de lava, que fluyó por ahí durante la última gran erupción muchos años atrás, cuando toda la comarca se sacudió y tironeó como el corazón del océano en una tormenta; y la grandiosa y vieja Catedral de Colima, frente a la plaza, se vino abajo hasta quedar como un montón de ruinas, tal como yace hoy en día. Hay algo gloriosamente romántico y oriental en lo que vemos y sus alrededores.
Al amanecer partimos a galope hacia el volcán. José María nos sigue muy de cerca con un asistente, cuya especial responsabilidad es correr al lado de las dos mulas de carga que llevan nuestro equipaje, lanzarles piedras cuando se rezaguen o se desvíen del camino, y maldecirlas hasta que el mismo aire se torne azul cuando muestren intenciones de frenarse y abandonar la lucha en cualquier punto particularmente malo del camino.
Cabalgamos todo el día a través de lugares sumamente interesantes, los cuales no tengo espacio de describir, y al atardecer salimos a una meseta alta, en la cual está situado un miserable caserío de pequeñas y bajas chozas de paredes de piedra y techos de palma, en el cual habremos de pasar la noche.
*publicado en idioma inglés en 1872. Lo mostrado aquí es un avance del borrador de la traducción que será publicada próximamente por el sello editorial Tierra de Letras.












